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  • CONMEMORACION DEL 3º CENTENARIO DE LA MUERTE DE SAN LUIS MARIA GRIGNION DE MONTFORT.
     

    III Centenario de san Luis Mª Grignion de Montfort (1673-1716)

    SAN LUIS Mª DE MONTFORT Y LA MISERICORDIA

       Este año 2016 es especial para la Familia Montfortiana, a la que pertenecen las personas que viven la Espiritualidad que San Luis Mª Grignion de Montfort  propagó a principios del siglo XVIII en las regiones francesas de la Bretaña y la Vendée.

       Y es especial porque celebramos el Tricentenario de su muerte, acaecida el 28 de abril de 1716, en San Lorenzo del Sèvre, donde está su tumba, que es visitada por numerosos peregrinos.

       El tema elegido es “San Luis Mª Grignion de Montfort y la Misericordia”. Pero, a modo de introducción, es obligado dar una pequeña reseña de su vida.

       Luis María Grignion nació en Montfort-la-Canne (hoy Montfort-sur-Meu), pueblo de la Bretaña francesa, el 31 de enero de 1673. Fue el segundo hijo de una familia numerosa. Estudió en el colegio “Santo Tomás Becket” de los Jesuitas, en Rennes (1684 – 1692). Sintiéndose llamado al sacerdocio  - y gracias a la ayuda de una señora rica de París (señora Montigni) - entró en el Seminario de San Sulpicio de París.

       Fue ordenado sacerdote en 1700 y se dedicó a evangelizar a los pobres en algunos hospitales, en los barrios abandonados de las grandes ciudades y a las personas sencillas de los pueblos rurales, organizando misiones populares. Murió, a los 43 años de edad, el 28 de abril de 1716, durante su última misión, en San Lorenzo del Sèvre, pueblo de la región de la Vendée.

       Además de sacerdote y misionero, san Luis Mª de Montfort fue escritor y nos ha dejado algunos libros, entre  los que destacan por su popularidad: El Amor de la Sabiduría Eterna, el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, el Secreto de María, el Secreto Admirable del Santísimo Rosario ... Estos libros recogen algunos de los temas fundamentales de su espiritualidad: El de Jesús Sabiduría Eterna y Encarnada, formando parte de la Trinidad, encarnándose en el tiempo y muriendo en la Cruz. Y el de la Devoción a María, que tiene su expresión culminante en la Consagración a Jesús por medio de María. Así pues, en la espiritualidad de san Luis Mª de Montfort confluyen la donación total de Dios Padre y el amor inmenso de la Madre.  

       Luis Mª de Montfort  también fue fundador: Los Misioneros de la Compañía de María, las Hijas de la Sabiduría y los Hermanos de San Gabriel se precian de ser sus hijos y herederos de su espiritualidad y carisma.  

       La personalidad de nuestro santo resulta ciertamente compleja para quien se acerca a él con el propósito de glosar en unas líneas su gran riqueza humana, moral, espiritual y mística. Por ello, me limitaré a tratar un aspecto de su espiritualidad: “la misericordia”. Es un tema apropiado por estar en plena celebración del Jubileo de la Misericordia.

       Por lo que respecta a San Luis Mª Grignion de Montfort, la palabra “compasión” (padecer con), resulta más apropiada. Sus entrañas se conmovían al ver a los pobres de los suburbios de Poitiers o de Nantes, y a los niños mendigando por las calles de París. Y ardía en deseos de ir a evangelizar a la gente sencilla de los pueblos rurales. Es posible afirmar, sin temor a equivocarse, que san Luis Mª de Montfort  pertenece al grupo de santos que han sobresalido por su “compasión” hacia los más pobres de la sociedad. Vivió en la época del Rey Sol, Luis XIV de Francia, época que se caracterizó por el terrible contraste entre el lujo de Versalles y la miseria de multitud de pobres que malvivían recluidos en los hospitales, para que no molestasen a las clases nobles y ricas.

       Aunque Luis era de carácter irascible, cualidad que heredó de su padre, con el que no llegó a congeniar, tenía tal control de sí mismo que era admirado por su talante pacífico y afectuoso. Su tío sacerdote, Allain Robert, dijo de él: “Daba, desde su tierna infancia, muestras de lo que iba a ser en el futuro. No tenía todavía cinco años y hablaba de Dios y se acercaba a su madre para consolarla”.

       Siendo estudiante en el colegio de Rennes, no soportaba que algunos compañeros de clase hiciesen objeto de sus bromas pesadas a otros estudiantes que vestían más pobremente que ellos. Juan Bautista Blain, compañero de clase y uno de sus primeros biógrafo, fue testigo de la “compasión” que sentía el joven Luis hacia algunos de los profesores que eran objeto de las críticas burlescas y crueles de los estudiantes indisciplinados. Luis tenía que hacerse violencia para no encararse con los estudiantes libertinos que no mostraban tener el respeto y la educación más elementales.

       Sus primeros biógrafos atestiguan que, aunque Luis María era de carácter serio e impulsivo, poseía “un corazón lleno de afecto y compasión”. El padre Julián Bellier, sacerdote diocesano y profesor del colegio, organizó y dirigió un grupo de estudiantes para despertar en ellos la vocación al sacerdocio. Durante los fines de semana los mandaba de dos en dos a visitar los hospitales donde consolaban a los enfermos y los entretenían leyéndoles libros. Este sacerdote testificó que Luis Mª de Montfort era el más asiduo en este apostolado con los enfermos y necesitados. El propio Luis María confesó, más tarde, que  aquella actividad apostólica despertó en él un amor inmenso hacia los pobre.  Amor “compasivo” que le acompañó toda su vida y es uno de los distintivos de su espiritualidad.

       Una vez ordenado sacerdote, Luis Mª declinó la oferta que le hizo el Superior del Seminario de San Sulpicio de quedarse como profesor. Y como no le permitieron ir a las misiones extranjeras,  prefirió ir  a misionar a los pobres y enseñar el catecismo a los niños, sin aceptar remuneración alguna, viviendo, como solía decir,  “a la Providencia”. Una elección que llamó la atención en la Iglesia de su tiempo, en la que los sacerdotes normalmente contaban con alguna canonjía o prebenda que les permitía vivir con cierta seguridad y holgura. Luis Mª  comprendió que, para tener acceso a los barrios pobres de las ciudades o evangelizar en un hospital de pobres, se tenía que vivir con ellos y como ellos, compartiendo su pobreza, haciéndose cercano y amándolos porque eran la viva encarnación de Cristo.

       Aunque Luis Mª de Montfort pasaba por ser severo en sus sermones y tronaba, desde el púlpito, contra la inmoralidad y los vicios  de su tiempo, después, en el confesonario, era la misericordia personificada con sus penitentes. Tanto es así que los grandes pecadores le escogían, más que a otros sacerdotes del equipo de misioneros, para descargar su conciencia y solicitar su dirección espiritual.  Luis Mª de Montfort  no fue nunca partidario de la moral rigorista, que desgraciadamente dominaba en la Iglesia de su época y que tanto mal causó a la gente sencilla. A los sacerdotes del equipo de misioneros les solía decir: “Prefiero sufrir un largo purgatorio por haber sido dulce con mis penitentes que por haberlos tratado con severidad”.

       Finalmente, sintiendo que su muerte estaba cercana  y que las fuerzas le abandonaban, eligió la “Dulzura de Jesús” como tema del último sermón que pronunció, durante la misión de San Lorenzo del Sèvre, delante de su Obispo y del numeroso público que se había congregado para la ocasión.

       El atleta de Cristo que fue toda su vida concluía su carrera aquí en la tierra con la paz y la tranquilidad de quien ha sacrificado todo por seguir a Jesús Sabiduría, guiado siempre, como muy acertadamente explica en sus escritos, por María, que es el camino más FÁCIL, CORTO, PERFECTO y SEGURO para llegar a la plenitud en Cristo.  

                                                                               Hno. Alejandro Martínez, hsg.

     


    julio 15
  • 12 ENSEÑANZAS SOBRE LA VIRGEN SEGÚN EL PAPA FRANCISCO

    12 enseñanzas sobre la Virgen María según el Papa Francisco

     
     
     
     

    Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la dio como Madre

     
     
     

    El Papa Francisco, en cada una de sus homilías acerca de nuestra siempre Madre virginal, nos asegura que María mira a todos y a cada uno de nosotros, como madre y con una gran ternura, misericordia y con amor, y siempre nos anima a sentir su mirada amable.

    En una oportunidad, nos indicó que "está huérfano el cristiano que no tiene a María como madre". Y es que el Santo Padre ya casi no termina ninguno de sus discursos sin invocar el poderoso auxilio de nuestra Señora y Reina de todos los cristianos

    Y es que ella es modelo toda vocación, no tuvo miedo a decir su «fiat» a la llamada del Señor, al encuentro divino de Dios con la humanidad. Y es que Ella nos acompaña y nos guía, nos enseña el significado de vivir en el Espíritu Santo y a saber acoger la novedad de Dios en nuestra vida.

    A continuación, las enseñanzas que nos brinda el Papa Francisco acerca de María:

    1. Un cristiano sin la Virgen está huérfano. También un cristiano sin Iglesia es un huérfano. Un cristiano necesita de estas dos mujeres, dos mujeres madres, dos mujeres vírgenes: La Iglesia y la Madre de Dios
       
    2. La Virgen hace precisamente esto con nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser hombres y cristianos de una manera superficial, sino a vivir con responsabilidad, a tender cada vez más hacia lo alto.
       
    3. Es una mamá ayuda a los hijos a crecer y quiere que crezcan bien, por ello los educa a no ceder a la pereza (que también se deriva de un cierto bienestar) a no conformarse con una vida cómoda que se contenta sólo con tener algunas cosas.
       
    4. María nos da la salud, es nuestra salud.
       
    5. Es la mamá cuida a los hijos para que crezcan más y más, crezcan fuertes, capaces de asumir responsabilidades, de asumir compromisos en la vida, de tender hacia grandes ideales.
       
    6. María es madre y una madre se preocupa sobre todo por la salud de sus hijos…. La Virgen custodia nuestra salud. ¿Qué quiere decir esto? Pienso sobre todo en tres aspectos: nos ayuda a crecer, a afrontar la vida, a ser libres
       
    7. La Virgen María, por tanto educa a sus hijos en el realismo y en la fortaleza ante los obstáculos, que son inherentes a la vida misma y que ella misma padeció al participar de los sufrimientos de su Hijo
       
    8. Es una madre que lleva al hijo no siempre sobre el camino “seguro”, porque de esta manera no puede crecer. Pero tampoco solamente sobre el riesgo, porque es peligroso. Una madre sabe equilibrar estas cosas. Una vida sin retos no existe y un chico o una chica que no sepa afrontarlos poniéndose en juego ¡no tiene columna vertebral!
       
    9. María lucha con nosotros, sostiene a los cristianos en el combate contra las fuerzas del mal.
       
    10. María es la madre que con paciencia y ternura nos lleva a Dios, para que desate los nudos de nuestra alma.
       
    11. María es la buena mamá, una buena mamá no sólo acompaña a los niños en el crecimiento, sin evitar los problemas, los desafíos de la vida, una buena mamá ayuda también a tomar las decisiones definitivas con libertad.
       
    12. Toda la existencia de María es un himno a la vida, un himno de amor a la vida: ha generado a Jesús en la carne y ha acompañado el nacimiento de la Iglesia en el Calvario y en el Cenáculo.

    Oración:

    María, haznos sentir tu mirada de madre, guíanos a tu Hijo, haz que no seamos cristianos de escaparate, sino de los que saben mancharse las manos para construir con tu Hijo Jesús su Reino de amor, de alegría y de paz. Amén.

    "Queridos hermanos: María, la Salus Populi Romani, es la mamá que nos dona la salud en el crecimiento, para afrontar y superar los problemas, en hacernos libres para las opciones definitivas; la mamá que nos enseña a ser fecundos, a estar abiertos a la vida y a ser cada vez más fecundos en el bien, en la alegría, en la esperanza, a no perder jamás la esperanza, a donar vida a los demás, vida física y espiritual.

    Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: «He ahí a tu madre»" (Jn 19,27).

    Papa Francisco

     


    mayo 25
  • 15 FRASES DE SANTOS DE TODOS LOS TIEMPOS SOBRE LA VIRGEN MARIA

    Desde el inicio del cristianismo, la Iglesia ha encontrado en la Madre de Dios un modelo a seguir, resaltando siempre sus virtudes. A continuación, 15 frases de Santos famosos sobre la Virgen María.

    1. San Agustín de Hipona, Padre y Doctor de la Iglesia

    María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno”. 

    2. San Agustín de Hipona

    “María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo”. 

    3. San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia y patrono de confesores y moralistas

    "El Eterno se enamoró de vuestra incomparable hermosura, con tanta fuerza, que se hizo como desprenderse del seno del Padre y escoger esas virginales entrañas para hacerse Hijo vuestro. ¿Y yo, gusanillo de la tierra, no he de amaros? Sí, dulcísima Madre mía, quiero arder en vuestro amor y propongo exhortar a otros a que os amen también". 

    4. San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia y famoso por su amor a la Virgen María   

    “Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: ¡invoca a María!”. 

    5. San Bernardo, compositor también de muchas oraciones marianas    

    “Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir.  Bajo su manto nada hay que temer”. 

    6. San Francisco de Asís, fundador de los Franciscanos y devoto de la Virgen

    "Dios os salve, María, Madre de Dios. En Vos está y estuvo todo la plenitud de la gracia y todo bien". 

    7. San Ireneo, Padre de la Iglesia  de los primeros siglos que combatió herejías

    "El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la virgen María lo desató por la fe". 

    8. San Luis María Griñón de Monfort, autor de varios libros marianos entre los que se encuentra el “Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María”.   

    “Soy todo tuyo Oh María, y todo cuanto tengo, tuyo es”. 

    9. San Luis María Griñón de Monfort

    “A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace devoto de la Virgen María”.

    10. San Juan Bosco, gran propagador de la devoción a María Auxiliadora

    “La devoción y el amor a María Santísima es una gran protección y un arma poderosa contra las asechanzas del demonio”. 

    11. Santa Teresa de Jesús, mística y Doctora de la Iglesia

    “Gran cosa es lo que agrada a Nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre”. 

    12. Santa Teresa de Lisieux, Doctora de la Iglesia y Patrona de las misiones

    “Con la práctica fiel de las virtudes más humildes y sencillas, has hecho Madre mía, visible a todos el camino recto del Cielo". 

    13. Santa Teresa de los Andes, carmelita descalza latinoamericana

    "María, eres la Madre del Universo. ¿Quién no se anima al verte tan tierna, tan compasiva, a descubrir sus íntimos tormentos? Si es pecador, tus caricias lo enternecen. Si es tu fiel devoto, tu presencia solamente enciende la llama viva del amor divino". 

    14. San Juan Pablo II, el Papa de la familia

    "Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre". 

    15. San Juan Pablo II, el Papa peregrino

    “Danos tus ojos, María, para descifrar el misterio que se oculta tras la fragilidad de los miembros del Hijo. Enséñanos a reconocer su rostro en los niños de toda raza y cultura”. San Juan Pablo II, el Papa peregrino.


    mayo 27
  • SAN LUIS Mª GRIGNION DE MONTFORT: SI EL GRANO DE TRIGO NO MUERE…

    Jesús, después de su entrada en Jerusalén, hablando en el templo a la muchedumbre que había ido a la fiesta de Pascua, dijo: En verdad, en verdad os digo que, si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, quedará solo; pero si muere, dará mucho fruto, Jn 12,24, y cuatro dias después en la conversación con sus apóstoles después de la cena del jueves, antes de su pasión, les dijo: Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros, Jn 15,18.

    Ambas frases pueden aplicarse sin duda alguna al P. Montfort, pues su vida fue un constante morir al mundo para Dios y un gran fracaso, si se mira con ojos humanos. En 1713, tres años antes de su muerte escribió la siguiente carta a su hermana Luisa Grignion, que había profesado en la Congregación de las Benedictinas del Santísimo Sacramento:

     

    ¡Viva Jesús! ¡Viva su cruz!

    Si conocieses al por menor mis cruces y mis humillaciones, dudo mucho que deseases tan ardientemente verme, pues cualquier parte a donde voy, doy a llevar un trozo de mi cruz a mis mejores amigos, la mayoría de las veces a pesar suyo y a pesar mío; todo aquel que me defiende o se atreve a declararse en mi favor participa de ella y alguna que otra vez cae bajo la furia del infierno, a quien combato; del mundo, a quien contradigo; de la carne, que persigo. Un verdadero enjambre de pecados y de pecadores a quienes hago la guerra no me dejan ni a mí ni a ninguno de los míos el menor descanso: siempre alerta, siempre sobre espinas, siempre sobre guijarros afilados. Soy como una pelota puesta en juego: apenas se la ha arrojado de un lado, se ve empujada hacia otro, golpeada rudamente; es el sino de este pobre pecador; así es como me hallo, sin tregua y sin quietud, desde el día en que salí de San Sulpicio, hace trece años.

    No obstante, mi querida hermana, bendice al Señor por mí, pues me encuentro satisfecho y alegre en medio de mis sufrimientos y no creo exista en el mundo nada para mi más dulce que la cruz más acerba cuando se halla bañada en la sangre de Jesucristo y en la leche de su divina Madre; pero, además de esta alegría interna, se consigue un grandísimo provecho llevando las cruces.

    ¡Cuánto desearía que conocieses las mías! Jamás he logrado mayor número de conversiones que después de los entredichos más crueles y más injustos. Ánimo, pues, mi querida hermana; llevemos nuestra cruz en ambas extremidades del reino . Por tu parte llévala esforzadamente; yo, por la mía, procuraré llevarla también, con la ayuda de la gracia divina, sin quejarnos, sin murmurar, sin buscar descargos, sin excusarnos y sin llorar como niños que derraman lágrimas y se quejaran porque les mandan llevar cien libras de oro, o como desesperaría el labrador a quien hubiesen cubierto al campo de luises de oro para hacerle más rico.

     

    La vida de Montfort está fundamentada en dos sólidas bases, la Cruz y el Rosario. Ellas fueron los pilares en que se apoyó su vida apostólica y misionera. La conversión de las almas de los pecadores fue su constante lucha a lo largo de toda su vida. Estando en el colegio de los jesuitas de Rennes, ya acogía a los compañeros y les ayudaba en sus necesidades, obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, durante sus estudios en el seminario de san Sulpicio, también se distinguía por su compañerismo, pero desde su salida de san Sulpicio su vida estuvo constantemente dedicada a las misiones populares para lograr la conversión de los pecadores, porque sus ganas de llevar almas a Dios a través de María le quemaba el corazón.

    Tal como se ve en la carta, el amor a su Cruz era la base para ser misericordioso con los pecadores. Él quería padecer, como Cristo, por los pecados de las personas que asistían a su misión y lograr su conversión. Su lucha contra el mundo, el demonio y la carne le hicieron una persona no grata en unas regiones de Francia donde dominaban el calvinismo y el jansenismo.

    Durante toda su vida apostólica, dedicada a los personas más sencillas de las ciudades y pueblos de las regiones de Bretaña y La Vendèe, tuvo Montfort una constante, la persecución. En aquellos años, aparte del calvinismo muy extendido en la región de la Rochelle, había en Francia, dentro de la Iglesia católica, los errores del galicanismo y el jansenismo. La influencia de estos errores era tan grande que en aquellos años en todo el país tan solo había cuatro obispos fieles a Roma, los de La Rochelle, Luçon, Oloron y el abate Fenelon, obispo de Cambrai. El jansenismo  fue el gran perseguidor de Montfort, pues esta heregía rechazaba la misericoridia de Dios alegando que los hombres no estaban preparados para recibirla y se tenían que esforzar más en una vida de sacrificio para obtenerla y solo se podían recibir los sacramentos tras una larga vida de penitencia, lo cual era separar a las personas de la frecuencia sacramental. Por esto Montfort fue expulsado de muchas diócesis de Francia, pues los obispos jansenistas no podían soportar la misericordia que Montfort tenía con todos los pecadores que se le acercaban y que les llevaba a la confesión para perdonarles sus pecados y les acercaba a recibir la Eucaristía. 

    A finales del siglo XVII, el jansenismo se había convertido, además, en un cristianismo de élites sabias y reformadoras y la religión cristiana popular era mirada como inferior y desviada, por lo que siendo ésta la principal misión apostólica de Montfort era un segundo motivo de persecución. Era tal el odio que el jansenismo le tenía que llegó a ser envenenado  quedando el resto de su vida con una salud deficiente. 

    También los poderes públicos, incluso el rey Luis XIV, movidos por calvinistas y jansenistas, hicieron oposición a Montfort alegando causas de seguridad de la nación francesa, cuando su labor era exclusivamente apostólica. 

    También la devoción a la Stma. Virgen, que en principio fue bien acogida en el jansenismo, a medida que fue avanzando el tiempo y el jansenismo se hizo más elitista, se empezó a hablar de excesos en la devoción popular mariana de la gente sencilla. Montfort, que en la escuela de Berulle y de Olier, el seminario de san Sulpicio, se había empapado perfectamente de la devoción a María, a lo largo de su vida extendió en sus misiones la omnipotencia suplicante de la Madre de Dios hasta la consagración total a María para llegar a Jesús. En su Tratado de la Verdadera Devoción hizo una profunda crítica de las devociones a Maria que los jansenistas consideraban exageradas.

    La labor de Montfort a lo largo de su vida, tal como se puede ver por la carta presentada, fue humanamente un fracaso por las constantes persecuciones que sufrió, pues en 1716, año de su muerte, apenas tenía apóstoles que siguieran su camino para las misiones populares, tan solo cuarto hermanos que se dedicaban a llevar las escuelas parroquiales que fundaba. Como dice su biógrafo Blain, amigo suyo desde el colegio de los jesuitas de Rennes y del seminario de san Sulpicio, a quien pidió que le siguiera, bastaba mirar la vida que llevaba y lo pobremente que vestía, y no era fácil seguirle en su vocación de apóstol. Su vida era demasiado entregada y sacrificada y cuando murió el 28 de abril de dicho año, tan solo el Rvdo. Mulot, sacerdote que le ayudó durante varios años y acabó la misión en saint Laurent que ya había iniciado el santo, ya enfermo y con pocas esperanzas de vida, le siguió un año después de la muerte de Montfort. Es decir que san Luis Mª murió solo, sin misioneros en la Compañía de María que había fundado, pero el grano tenía que morir para que diera fruto. Esto sucedió también con parte de sus escritos, con el Amor a la Sabiduría eterna y, especialmente con el Tratado de la Verdadera Devoción, que quedó enterrado con sus cosas en el momento de su muerte, mientras estaba haciendo la misión en san Laurent sur Sèvres.

    En los pueblos y ciudades de la región en que Montfort había hecho misión, el recuerdo de su paso había dejado una profunda huella, reconocida por los párrocos de dichas poblaciones, y los pueblos vecinos insistían en la necesidad de la presencia de los misioneros de la Compañía de María. El Rvdo Mulot, su único sucesor, animado por la curación que el santo le había prometido si le seguía, buscó sacerdotes, que habían colaborado también con Montfort, especialmente el Rvdo. Valet, que también le ayudó en la misión de san Laurent y prosiguieron las misiones en los pueblos de la región con mucho fruto. Ellos fueron los primeros misioneros de la Compañía de María que siguieron a Montfort después de su muerte y en pocos años fue creciendo esta orden misionera.

    Después de ochenta años de la muerte de san Luis Mª, la Revolución invadió Francia llevando por todo el país la ruina de la religión y consecuentemente el odio entre los franceses. La Vendée y la Bretaña, regiones por él evangelizadas, fueron tan profundamente inmunizadas contra el virus de la Revolución que fueron las únicas que se levantaron contra ella en defensa de Dios. Fue la Chouannerie. Los cánticos que Montfort utilizaba durante sus misiones con letras piadosas, eran los mismos que despiués cantaron los vendeanos y bretones cuando se aprestaban a luchar contra la Revolución. 

    Por la defensa de Dios, estos pueblos siguiendo las enseñanzas de Montfort, dieron su vida. Después de trescientos años de la muerte de Montfort, si se visitan estas regiones, se puede constatar que en sus pueblos aún resuenan los cánticos que el misionero de María compuso para su evangelización.

    La influencia de Montfort en el culto a la Stma. Virgen es actualmente fundamental en la Iglesia, él fue de los primeros que nos iluminó con la devoción al Inmaculado Corazón de María, que doscientos años más tarde trascendió en las apariciones de la Virgen en Fátima. 

    Tal como él decía los últimos tiempos serán los tiempos en que la devoción a la Stma. Virgen será fundamental en la Iglesia. Porque como dice el santo: María debe resplandecer más que nunca en misericordia, en poder y en gracia en estos ultimos tiempos; en misericordia, para reducir y acoger amorosamente a los pecadores y extraviados; en poder, contra los enemigos de Dios y debe resplandecer en gracia para animar y sostener a los soldados valientes y fieles servidores de Jesucristo. (TVD n. 50). Del mismo modo que por medio de Ella comenzó la salvación del mundo, por medio de ella llegará el Reino de Cristo. 

    ¡Realmente el grano de trigo murió…. ¡

     

    mayo 30
  • MONTFORT Y EL ACTO DE OFRENDA AL AMOR MISERICORDIOSO DE TERESA DE LISIEUX
    El día que me encargasteis que lo hiciera , me pareció que disiparía mi corazón al ocuparse de mí, pero después Jesús me hizo sentir que obedeciendo con sencillez, es como más le complacería; por otro lado no haré otra cosa que: Comenzar a cantar lo que he de repetir eternamente: ¡¡¡¡Las Misericordias del Señor!!!!.
    Antes de tomar la pluma, me he arrodillado ante la imagen de María (aquella que  tantas puebas ha dado de las maternales preferencias que la Reina del cielo tiene por nuestra familia), suplicándole que quiera guiar mi mano por tal de no escribir ni una sola línea que no sea de su agrado.
    Así comienza Teresa de Lisieux sus manuscritos, la presencia constante de María en ellos, aunque no sea nombrada en muchos momentos, es fruto, como ella misma dice, de las preferencias maternales que la Reina del cielo tuvo con su familia. Esta devoción familiar a la Virgen en su familia debe remontarse a la influencia que tuvo Montfort y sus misioneros de la compañía de María en la región de Normandía donde tantes misiones dieron, comenzando por Montfort, su pueblo de nacimiento, y la expansión que tuvo su apostolado por toda la región.
    Dice el P. François Mª Léthel, ocd, que la Historia de un alma al igual que el Tratado de la Verdadera Devoción, son unos libros maravillosos de vida y de doctrina, que terminan con una oración de Consagración a Jesús por María. En Historia de un alma esta consagración es el Acto de ofrenda al Amor Misericordioso. Dos libros que son dos “faros” para iluminar el camino de la santidad a la que todos estamos llamados.
    En el Acto de ofrenda al amor Misericordioso, la más bella expresión del cristocentrismo trinitario de Teresa de Lisieux, después de la invocación al Padre, que ha entregado a su Hijo Único, a Jesús, en el misterio de la Eucaristía, de su Pasión, de su Rostro y de su Corazón, y al Espíritu Santo como “Fuego de Amor” y “olas de infinita ternura”, Teresa se ofrece toda ella como “holocausto” al Fuego del Espíritu Santo y en ese Fuego se ofrece a Jesús en la Iglesia, su esposa. Ella se ofrece, en una ofrenda bautismal, a toda la Trinidad cuyo centro es siempre Jesús.
    Pero en este Acto hay una especial referencia a María: Teresa: ofrece el amor y méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida, a quien confío mi ofrenda, pidiéndole que te la presente (a Jesús). Esta breve referencia a María nos lleva sin duda a la Consagración de san Luis Mª Grignion de Montfort, que hace que María sea, al igual que en Teresa de Lisieux, la portadora de la misma a Jesús, nos hace esclavos de Jesús por María. Es por Ella y en Ella que el Padre nos ha dado a su Hijo por la acción del Espíritu Santo y Montfort ilumina este papel único de María en el movimiento descendente de la Encarnación y en el movimiento ascendente de nuestra divinización. De una manera más explícita Montfort sitúa su consagración en la prespectiva bautismal y, como Teresa, él se refiere a la Eucaristía. Su simbólica esclavitud de amor corresponde exactamente a aquella del holocausto de amor. Como dice el P. François Mª Léthel, ocd, estas dos fuertes expresiones bíblicas se refieren igualmente al sacrificio de la cruz de aquel que “ha tomado la condición de esclavo por nuestro amor” .
     

    mayo 30
  • HOMENAJE DEL PAPA A LA INMACULADA EN LA PLAZA DE ESPAÑA DE ROMA

    Oh María, nuestra Madre Inmaculada,
    en el día de tu fiesta vengo a ti, y no vengo solo:
    Traigo conmigo a todos aquellos que tu Hijo me ha confiado, en esta ciudad de Roma y en el mundo entero,
    para que tú los bendigas y los salves de los peligros.

    Te traigo, Madre, a los niños, 
    especialmente aquellos solos, abandonados,  que por ese motivo son engañados y explotados.
    Te traigo, Madre, a las familias, que llevan adelante la vida y la sociedad
    con su compromiso cotidiano y escondido; en modo particular a las familias que tienen más dificultades
    por tantos problemas internos y externos. Te traigo, Madre, a todos los trabajadores, hombres y mujeres,
    Y te encomiendo especialmente a quien, por necesidad, se esfuerza por desempeñar un trabajo indigno
    y a quien el trabajo lo ha perdido o no puede encontrarlo.

    Necesitamos tu mirada inmaculada,
    para recuperar la capacidad de mirar a las personas y cosas con respeto y reconocimiento
    sin intereses egoístas o hipocresías. Necesitamos de tu corazón inmaculado,
    para amar en modo gratuito sin segundos fines, sino buscando el bien del otro,

    con sencillez y sinceridad, renunciando a máscaras y maquillajes. Necesitamos tus manos inmaculadas,
    para acariciar con ternura, para tocar la carne de Jesús
    en los hermanos pobres, enfermos, despreciados, para levantar a los que se han caído y sostener a quien vacila.
    Necesitamos de tus pies inmaculados, Para ir al encuentro de quienes no saben dar el primer paso,
    para caminar por los senderos de quien se ha perdido, para ir a encontrar a las personas solas.

    Te damos gracias, oh Madre, porque mostrándote a nosotros
    libre de toda mancha de pecado, Tú nos recuerdas que ante todo está la gracia de Dios,
    está el amor de Jesucristo que dio su vida por nosotros, está la fortaleza del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.
    Haz que no cedamos al desánimo, sino que, confiando en tu ayuda constante,
    trabajemos duro para renovarnos a nosotros mismos, a esta ciudad y al mundo entero.
    ¡Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios!


    diciembre 12